deaarjona

VIII.

In Uncategorized on junio 7, 2010 at 9:59 am

Atravesé el cuarto y con él su calle, angosto de cielos donde se conjuró un hechizo. Qué podía hacer mi boca dejada al pliegue de la azotea, si la voz le aguardaba nítida en el próximo verano. Se ha ido la mano alargada que mordía mis piernas, dejando el lenguaje arropado en la tinta del retazo, donde ninguna voz, donde el recuerdo ninguno vacía todo lo que fui antes de ser escritura, del supuesto pantalón holgado que huyó siendo palabra.

Habré soñado un nombre,

quizá unas piernas distintas,

—solitarias—

que acompañante mundo

no menos perfecta inexistencia,

supone una vena blanca

que no me corresponde.

El cristal grisáceo, de los anteojos miente, y yo sin boca irisada con que hacerme pronto verano. Tal vez leyó mi antes, y deshizo sus mares en un papalote similar al que se alejó primero, donde las bailarinas duermen, para que su baile sea bebido por los dragones.

El azar,

detrás de las piernas

dejadas al borde del puente,

hace de la voz

un saco roto en espera,

con sólo la torre,

el caballo y la armadura,

desvanece el espejismo

del cuarto, mi voz

y su calle.

VII.

In Uncategorized on mayo 5, 2010 at 6:20 pm

La pared tan absurda, pintada en solsticios de lana y mantarrayas de seda, cae con el lamento henchido en colores, a la envergadura de mi alma donde guardo una quimera.

Sacudo el polvo del listón que cubre la ceguera del busto romano, adecuo mis piernas al abrir y cerrar del charleston y dibujo en un retazo de tela la sonrisa de Leon James para dar vida a cada uno de los maniquís vestidos con mis recuerdos.

De pronto todo es perlas y cintillas de plumas.

En medio del satín rosa palo, que no hace más que revivir el fonógrafo arrumbado en la esquina donde espera mi corazón reseco, aparece su rostro, intacto, iluminado por la ternura del sol primero, girando al infinito el perfume de amapola que pone en éxtasis mi espalda, de donde nacen dos aves, con el pico engarzado a un poema de Gorostiza que amenaza la pequeña muerte del vaso.

Entonces el silencio lo desvanece todo en su transparencia, sus ojos se convierten en un túnel que despega mis piernas del imaginario, llevándome al borde de la banqueta donde el mundo recorre las calles ligero. Sólo él y yo tomados de la mano. Una lágrima se desprende de mi fantasía anunciando el fin de la metáfora, el respirar de la mampostería que dibuja el camino, sacude el miedo y tira mis piernas a la vida fuera.

De pronto, aquellos árboles que miraban en los relatos proustianos, dejaron ver la lejanía con la que se va zurciendo la vida, el reloj que deja de girar a conveniencia para rendirse al vaivén del segundero y la vehemencia con la que vuela mi vestido al sentir el palpitar de su corazón en los labios.

El provenir es callado, el cielo, ese que niega personajes, describe la profundidad del eterno zarco, donde sólo él y yo tomados de la mano.

VI.

In Uncategorized on abril 18, 2010 at 8:19 am

Regresé inmediatamente. Pareciera como si mi piel pálida se hubiera confundido con el rojo Carpaccio que, aquel día, se dejó caer del vestido ancho que recorría las calles de Venecia. Ese último andar por los cielos me hizo respirar aires de mundo, por los que vi llegar, lo juro , al coral perpetuo en forma de palabra.

El delirio de la memoria, irrumpe el miedo que me empuja de regreso a mi cuarto, maldigo al recuerdo intruso que distiende su hilaza dorada para tratar de amarrarme a las calles, éste no entiende de encierros ni la posibilidad de ser transparente. Todos, incluso mi pensar antiguo, quieren sacarme de la perfección que encierra mi cuerpo en éstas cuatro paredes.

Entonces le vi a ella, dejada a su retrato blanco y negro detrás de las hojas donde descansaban sus versos. Ana Ajmátova –siempre se desprende un olor, vago en sus tempestades, por tierra matrioshka donde héroes de letras se precipitaron al puerto de la esperanza– mis manos no pueden contenerse, dejé a un lado los minutos que apenas habían jugado con mis piernas, y sobre una hoja marfilada dejé que se cosieran las palabras:

Hiperbórea,

azul anaranjada,

teme quedarse muda,

dejarse al barro que hierve

por las pisadas de los caballos.

Abril es concreto,

falto de misticismo imperante,

donde se escucha el trueno,

y ella se alza dichosa de amar la tormenta.

Cuando abandone el viento al viento,

porque Ana no llevó sus trémulos

a los jardines de Tsárskoie Seló,

mis manos,

adictas al simbolismo,

caerán por la ventana

y apenas se sostendrá mi sombra.

Esto sucederá un día en Moscú,

cuando la puerta se cansé de abrir

prisionera su rincón al mundo,

zumbando el ayer de la calma,

cual agonía de Dante al

verter sus ojos en la mirada de la loba.

Los ríos se harán enormes rascacielos,

dejarán pasar a las mozas inanimadas,

que por escueto pecho

han derramado honor en el llanto,

haciendo que el dolor brote

huérfano de sueños.

Entonces ella,

hinchará el cuello de la tumba

y volverá a recitar Dedicatoria,

buscando el azar de sus años desnudos,

en el adiós que se quedó escrito.

Y ésta, de voz quebrantable,

buscará en las líneas blancas

el ardor del derrumbamiento,

sabiendo que sólo quedan versos mudos

y el reclamo de una Poeta.

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