Regresé inmediatamente. Pareciera como si mi piel pálida se hubiera confundido con el rojo Carpaccio que, aquel día, se dejó caer del vestido ancho que recorría las calles de Venecia. Ese último andar por los cielos me hizo respirar aires de mundo, por los que vi llegar, lo juro , al coral perpetuo en forma de palabra.
El delirio de la memoria, irrumpe el miedo que me empuja de regreso a mi cuarto, maldigo al recuerdo intruso que distiende su hilaza dorada para tratar de amarrarme a las calles, éste no entiende de encierros ni la posibilidad de ser transparente. Todos, incluso mi pensar antiguo, quieren sacarme de la perfección que encierra mi cuerpo en éstas cuatro paredes.
Entonces le vi a ella, dejada a su retrato blanco y negro detrás de las hojas donde descansaban sus versos. Ana Ajmátova –siempre se desprende un olor, vago en sus tempestades, por tierra matrioshka donde héroes de letras se precipitaron al puerto de la esperanza– mis manos no pueden contenerse, dejé a un lado los minutos que apenas habían jugado con mis piernas, y sobre una hoja marfilada dejé que se cosieran las palabras:
Hiperbórea,
azul anaranjada,
teme quedarse muda,
dejarse al barro que hierve
por las pisadas de los caballos.
Abril es concreto,
falto de misticismo imperante,
donde se escucha el trueno,
y ella se alza dichosa de amar la tormenta.
Cuando abandone el viento al viento,
porque Ana no llevó sus trémulos
a los jardines de Tsárskoie Seló,
mis manos,
adictas al simbolismo,
caerán por la ventana
y apenas se sostendrá mi sombra.
Esto sucederá un día en Moscú,
cuando la puerta se cansé de abrir
prisionera su rincón al mundo,
zumbando el ayer de la calma,
cual agonía de Dante al
verter sus ojos en la mirada de la loba.
Los ríos se harán enormes rascacielos,
dejarán pasar a las mozas inanimadas,
que por escueto pecho
han derramado honor en el llanto,
haciendo que el dolor brote
huérfano de sueños.
Entonces ella,
hinchará el cuello de la tumba
y volverá a recitar Dedicatoria,
buscando el azar de sus años desnudos,
en el adiós que se quedó escrito.
Y ésta, de voz quebrantable,
buscará en las líneas blancas
el ardor del derrumbamiento,
sabiendo que sólo quedan versos mudos
y el reclamo de una Poeta.